He retomado la lectura y apagado el ipod [que no es mío sino prestado a largo plazo]. Este último tiempo me he volcado más a lectura que a la escritura y debo decir que no hay libro que haya leído hasta ahora que no me haya gustado. Tampoco es que me haya tragado mil libros, pero no me ha desilusionado ninguna de las obras, aún cuando no podría hacer una crítica de ellas porque realmente creo que los libros, en cierto modo, se parecen un poco a las canciones que nos gustan, parece que hubiesen sido creadas para nosotros y lo que nos sucede en el momento, sin embargo es mas bien la adaptación que hacemos de estas para que encajen, a veces a la perfección, con lo que pensamos o nos sucede en esos momentos.
Podría mencionaros los autores o títulos de los libros, pero no hacer una descripción, critica o comentario de ellos porque son todos dispares en casi todos los sentidos. Estoy leyendo a Neruda y he dejado atrás a Parra, Cela, Rivera Letelier y Sepúlveda. Me esperan Bukowski, Félix Cañada [un amigo personal y entrañable] y Cortazar… y de este ultimo os dejo una genialidad.
Glíglico o Lenguaje Musical
Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes. Cada vez que él procuraba relamar las incopelusas, se enredaba en un grimado quejumbroso y tenía que envulsionarse de cara al nóvalo, sintiendo cómo poco a poco las arnillas se espejunaban, se iban apeltronando, reduplimiendo, hasta quedar tendido como el trimalciato de ergomanina al que se le han dejado caer unas fílulas de cariaconcia. Y sin embargo era apenas el principio, porque en un momento dado ella se tordulaba los hurgalios, consintiendo en que él aproximara suavemente sus orfelunios. Apenas se entreplumaban, algo como un ulucordio los encrestoriaba, los extrayuxtaba y paramovía, de pronto era el clinón, la esterfurosa convulcante de las mátricas, la jadehollante embocapluvia del orgumio, los esproemios del merpasmo en una sobrehumítica agopausa. ¡Evohé! ¡Evohé! Volposados en la cresta del murelio, se sentían balpamar, perlinos y márulos. Temblaba el troc, se vencían las marioplumas, y todo se resolviraba en un profundo pínice, en niolamas de argutendidas gasas, en carinias casi crueles que los ordopenaban hasta el límite de las gunfias.

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